Tetragrámaton vivía en la cuarta dimensión. Era bueno, poderoso, inteligente y feliz. Por Por eso anhelaba comunicar su felicidad. El problema estaba – lo sabía – en que, al hacerlo, debía producir seres distintos a él: seres de la tercera dimensión: inferiores, limitados, incapaces de comprenderlo a él y prácticamente ciegos para la totalidad de lo real. Y había algo más grave aún: esos seres extraños y casi imposibles tendrían que aguantar las consecuencias de sus inevitables limitaciones: el sufrimiento de la escasez, la tragedia del desajuste, la lucha por la supervivencia. Pero la fuerza del amor acabó venciendo. Él estaba dispuesto a hacer todo lo posible y a perdonar todo lo necesario. Además, pensó: de todos modos, su sustancia más íntima, el dinamismo profundo de su ser, el mismo espacio que habitan, llevarán mi marca. De algún modo, acabarán presintiéndome en todo cuanto sientan, piensen y hagan. Estando atento, presionando con todos los medios del amor, lograré hacerme notar. Tarde o temprano, aprenderán a pronunciar mi nombre.

Tetragrámaton dudaba. ¿Valía la pena? La felicidad que pretendía darles ¿compensaba el dolor que no podría evitarles? ¿Llegarían ellos a comprender y aceptar?

Y así tomó la decisión y comenzó la aventura.

Tetragrámaton, que desde su cuarta dimensión todo lo ve y todo lo comprende, no desiste de sus proyectos. Trata por todos los medios de darse a conocer. Aprovecha cualquier circunstancia para hacer sentir más claramente su presencia.

No todo resulta fácil, pero marcha. En la tercera dimensión, muchos parece que ni se enteran. Pero otros sí. E incluso hay individuos que muestran una sensibilidad especial. Entonces él, aprovechando la apertura y sin forzarles la libertad, los empuja hacia delante, les hace sentir su fascinación. Ellos por su parte, entusiasmados por el descubrimiento, comprenden que Tetragrámaton es el nombre de aquél que estaba siempre ahí, llamando a todos, y por todos de algún modo presentido. Por eso no pueden guardar el secreto: proclaman su experiencia y gastan la vida tratando de que todos vayan cayendo en la cuenta.

Como siempre, unos hacen caso, otros no; unos comprenden bien y otros a medias o no comprenden nada, los hay que se ríen y no faltan los que se enfurecen; en otros sitios no niegan la experiencia, pero ofrecen explicaciones alternativas. En todo caso, la comprensión resulta siempre contagiosa y expansiva. Experiencia llama a experiencia y cada avance abre nuevas posibilidades. Se crean comunidades y se forman tradiciones. Tetragrámaton no pierde ocasión. Donde hay un descubrimiento, se alegra como un padre observando los primeros pasos de su hijito, y hasta hay quien dice que se le alegra el corazón. Apoya a todos y está atento a la menor posibilidad

Sucedió entonces que un día apareció un punto que, por su situación, por su sensibilidad, por el juego misterioso de las circunstancias, ofrecía posibilidades peculiares. Igual que hace con todos en las suyas, cultiva con cuidado las posibilidades típicas de ese punto y logra que en él se vayan descubriendo uno a uno los proyectos más íntimos que tiene destinados para todos. Llega un momento en que, dentro de los límites de la tercera dimensión, logra lo que parecía imposible: aparece alguien que, por fin, se le abre totalmente y comprende que su amor es una presencia irreversible, que su promesa es más fuerte que todos los fallos. Algo tan magnífico que logra, efectivamente, contagiar: los pocos que viven al comienzo acaban formando una especie de phylum expansivo que se abre al entero ámbito de la tercera dimensión.

Entretanto, a pesar de las apariencias, Tetragrámaton no abandona a los demás y sigue cultivándolos con igual cariño y con toda la fecundidad que sus circunstancias y su libertad les permiten. Lo que en aquel phylum podía parecer un privilegio de “escogidos” – demasiadas veces ellos, ay, así lo piensan -. No es más que un nuevo modo de la estrategia de su amor a todos: cultivar intensamente las posibilidades de cada uno es el mejor modo de alcanzar más plena y rápidamente a los demás. En el intercambio, todos salen enriquecidos. Aún así, es inevitable que no todos comprendan, y que surjan enseguida luchas y rivalidades: en la escasez de la tercera dimensión, todos quieren ser únicos y privilegiados: Pero los que están en el secreto saben que Tetragrámaton sonríe comprensivo: piensa en todos, y a todos envuelve con idéntico amor.

Además guarda una sorpresa misteriosa que sólo él puede comprender y realizar: un día acabará rompiendo los límites de su espacio para reunirlos a todos en la cuarta dimensión. Allí se les abrirán los ojos. Entretanto, él ama, empuja… y comprende

"La revelación de DIOS en la realización del hombre"  

                                                                                                     Parábola de Torres Queiruga

Andrés Torres Queiruga (1940, parroquia de Aguiño, Riveira, (La Coruña), Galicia, España) es un teólogo y escritor gallego residente en Santiago de Compostela. Muchas de sus obras están escritas en lengua gallega.